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| Chicos desplazados esperando al personal de la Cruz Roja y del Ministerio de la Infancia en la Aldea Infantil SOS Nairobi - Foto: H. Atkins |
En la segunda semana de 2008, John, un chico de 14 años, salió de su casa en Eldoret para asistir a la escuela, como cada día. A principios de enero había estallado una ola de violencia en Kenia, especialmente cruenta en Eldoret, donde la violencia étnica dejó cientos de muertos, miles de heridos e incontables desplazados. Sin embargo, las escuelas habían vuelto a abrir sus puertas y reinaba una tregua aparente, sólo rota por esporádicos ataques étnicos.
Cuando John volvió a su casa, a eso de las cinco, se encontró con que la puerta de entrada había sido derribada y faltaban muchos enseres. Lo peor de todo era que su madre, su único pariente, no estaba allí. John corrió a casa de su vecino para preguntarle qué había sucedido y se enteró de que el hombre había sido atacado por personas armadas con machetes y su pierna estaba gravemente herida. Al preguntarle por su madre simplemente le dijo que “corrió para salvarse”.
John dejó a su vecino y comenzó a andar en dirección al recinto ferial, un lugar relativamente seguro donde se había instalado un campo de desplazados; allí podría encontrar a su madre. Pero cuando John vio que en su dirección venía una banda de jóvenes armados con machetes y arcos y flechas, le entró miedo. Sabía que estaba en peligro así que hizo señales a un camión lleno de gente para que parara y preguntó si lo podían llevar a Nakuru, la ciudad grande más próxima en Rift Valley. Pero el camión nunca llegó allí, sino que se dirigió a toda velocidad a la ciudad de Nairobi, a 300 km de distancia, donde la situación era comparativamente más segura. A partir de ese momento John tuvo que empezar a arreglárselas solo.
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| Los adolescentes desplazados tienen mucho que perder - Foto: H. Atkins |
John oye hablar de un campo de desplazados
Durante cuatro días y cuatro noches, John estuvo deambulando por las calles, obteniendo comida de diferentes agrupaciones y ONG que ayudaban a desplazados. Después se dirigió a un campo de desplazados del que le habían hablado, en el recinto ferial de Jamhuri. Allí se topó con colaboradores de la Cruz Roja, que lo llevaron junto con otros 29 niños a la Aldea Infantil SOS Nairobi, donde permanecerá mientras la Cruz Roja trata de localizar a su madre.
Los niños llegaron a la aldea el 22 de enero y desde entonces ya hay 25 más. Están viviendo en casas familiares donde ha sido posible hacerles un sitio, ya que algunos niños SOS están en un internado. Las madres SOS les dan de comer, los visten y se ocupan de ellos. Sus edades oscilan entre los tres años, como Tony, que sólo sabe decir su nombre, y los 17, como Alex, procedente de Kibera, un barrio de chabolas que se vio obligado a abandonar cuando estalló la ola de violencia y que, al igual que John, también perdió a su madre. David, de 15 años, también procede de Kibera, aunque su familia vive en el oeste del país. Su casa fue arrasada y los muebles robados. A él le advirtieron que se fuera si quería salvar su vida.
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| Chicas desplazadas ayudan en su nuevo hogar provisional - Foto: H. Atkins |
Los niños proceden de entornos diferentes
Todos los niños comparten la misma historia, cuando estallaron las revueltas, se vieron obligados a huir, perdiendo el contacto con sus madres, tías, primos y tutores. Algunos de ellos, como John y Alex, vivían en hogares relativamente estables, a pesar de contar solo con su padre o su madre, iban a la escuela y aspiraban a conseguir un buen trabajo. Otros vivían situaciones más complicadas, algunos son huérfanos procedentes del oeste de Kenia que habían sido enviados a Kibera para vivir con otros familiares, recibían educación no formal y ayudaban en casa. Pero todos ellos tienen algo en común, son víctimas inocentes de la violencia étnica que sufre Kenia y quieren que la pesadilla termine como sea. “A mí no me interesa lo que estén haciendo”, dice David refiriéndose a los políticos, “yo lo único que quiero es volver a la escuela”.
La Aldea Infantil SOS Nairobi se prepara para cuidar de esos niños desplazados durante unos tres meses, mientras la Cruz Roja trata de localizar a sus padres y tutores. Si no los encuentran habrá que buscar otras soluciones para los niños, entre ellas admitirlos en la Aldea Infantil SOS, a los más pequeños, o ayudarles a encontrar un alojamiento y a seguir asistiendo a la escuela, en el marco de los programas de fortalecimiento de familias. Cuando les preguntan si les gusta la aldea, a pesar de su tristeza, todos sonríen. Sin duda alguna, la Aldea Infantil SOS les ofrece mucho más confort del que están acostumbrados. Una niña de 8 años alojada en una casa familiar expresó su sorpresa y alegría abriendo los ojos como platos y sonriendo abiertamente al decir "Hapa kuna vitabu. Nyingi tena. Hiziz zote ni za hawa watoto, si wengine. Mimi pia, sijui kama nitaweza kuwa nazangu nyingi hivi." (Aquí hay libros. ¡Tantísimos! Y todos esos libros pertenecen a esos niños y a nadie más. Me pregunto si alguna vez seré tan afortunada como para poseer tantos libros propios.) ¡Estas palabras llegan al alma de cualquiera!
Aprendiendo a recobrar la confianza en los adultos
A pesar de encontrarse temporalmente en un entorno seguro, estos niños no pueden olvidar la violencia que han visto y sufrido. Nacidos en la pobreza, su vida ha sido siempre una ardua lucha, ahora mucho peor porque han perdido una de las pocas cosas que tenían, un hogar y el amor de una familia. Aldeas Infantiles SOS ha emprendido la tarea de darles apoyo, cuidados, amor y seguridad para que puedan reanudar sus vidas con esperanza, ayudándoles a recuperar la confianza en ese mundo adulto que tanto les ha decepcionado.