"En 1995, tan solo unos días antes de la muerte de mi esposo, me diagnosticaron que era seropositiva. Estaba desesperada y lloraba día y noche. Como supondrá, no podía imaginar que fuera seropositiva, ya que me hacía análisis a menudo y tenía sexo seguro con mi esposo. Cada vez que notaba algún cambio negativo en mi cuerpo iba corriendo al médico. No podía ni quería creer que fuera seropositiva, pero ésa era la triste realidad, y lo único que podía hacer era tener valor y enfrentarme a ella. El día que me enteré, después de salir del médico, comencé a rezar y a pedir a Dios que me ayudara. También me dio fuerzas poder contar con el apoyo de mi familia, que no me dejó sola, sino todo lo contrario: me apoyó mucho, lo que fue muy positivo para mí. El VIH/SIDA es una experiencia tan irreal que nunca piensas que te va a afectar, hasta que tus resultados son positivos.
Los primeros tres años fueron realmente duros. Estaba muy enferma y era muy duro tener que pasar todo el día en cama. Siempre estaba cansada, perdí mi empleo porque no tenía fuerzas para trabajar. Antes de formar parte del programa de fortalecimiento de familias, mi vida era muy difícil porque tenía que cubrir mis necesidades personales, las de mis hijos, y asegurarme de que todo en casa estuviera en orden. Como no teníamos dinero suficiente para comprar alimentos, no comíamos todos los días. Los días que estaba bien de salud, hacía muchas más cosas además del trabajo, lo que me permitía satisfacer todas las necesidades de mi familia sin problemas. Pero todo cambió abruptamente, y a partir de ese momento no teníamos dinero ni para comida ni medicinas.

Foto: Chris Sattlberger
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Como no teníamos dinero suficiente para comprar alimentos, no comíamos todos los días.
Después de tres años llenos de dificultades, entré a formar parte del programa de fortalecimiento de familias. Este programa llegó en el momento justo y mi vida ha cambiado completamente. Siempre he pensado que Dios Todopoderoso hizo que la organización Aldeas Infantiles SOS llegara a mí. No me he curado de la enfermedad, pero comparando con los últimos años, me siento mejor. Incluso a uno de mis hijos, también enfermo, se encuentra mejor cuando está con sus hermanos y hermanas. Comemos bien todos los días. Mi hijo enfermo toma leche regularmente, lo que es muy importante para él porque no siempre tiene fuerzas suficientes. Los niños van a la escuela con todo lo que necesitan para las clases. El programa me ha aliviado de una enorme responsabilidad.
He vuelto a trabajar, pero no con la misma intensidad de antes. No tengo la energía suficiente para hacer muchas cosas al mismo tiempo; me contento con hacer lo mínimo imprescindible. Mis colegas me tratan bien, tenemos una buena relación y se esfuerzan mucho para que no me canse demasiado. Afortunadamente no soy la única que se encuentra en esta situación, algunos colegas también son seropositivos como yo. Aquí, en Burundi, mucha gente está afectada por el VIH/SIDA, directa o indirectamente. Valoro mucho que haya tanta solidaridad hacia nosotros.
Además, soy voluntaria en el programa de fortalecimiento de familias – algo que me encanta– porque puedo ayudar a otras personas que sufren como yo. Aunque yo también sufro, la diferencia es que soy más estable mentalmente. Por eso, tengo que comunicar mi optimismo a aquellas personas que han perdido la esperanza y ayudarlas a ser fuertes. Visito a familias y personas afectadas de SIDA al menos tres veces por semana. Les animo a continuar pensando positivamente y a tener una actitud saludable. Otro problema es el prejuicio y el estigma que hay en torno a esta enfermedad. Mucha gente muere porque se avergüenza del VIH/SIDA; y es que tiene miedo de dejarse examinar voluntariamente. No conocen las formas de contagio. La mayoría cree que la única transmisión posible del VIH/SIDA es a través del sexo, y se avergüenza de ello. Siempre trato de convencerlos de los beneficios de un examen voluntario, y también les explico que hay otras formas de contagio además de las relaciones sexuales.

Foto: Mischa Haller
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El SIDA no solo es una enfermedad del cuerpo, sino también de la sociedad ...
Resulta muy difícil hablar con una persona seropositiva. Para ello debes tener no solo valor, sino también ganas de vivir, para transmitirle optimismo. El SIDA no es solo una enfermedad corporal, sino los dolorosos y diversos efectos generalmente también afectan a la sociedad.
Cuando hablo con personas seropositivas, lo primero que les digo es que yo también lo soy, pero que quiero vivir. La meta es hacer que la persona olvide que va a morir pronto y que viva su vida como si no hubiera pasado nada. Cuando se enteran de que yo también tengo la enfermedad, normalmente supone una gran sorpresa para ellos, y solo entonces se abren y confían en mí. Entonces aprovecho para entablar una conversación de verdad con ellos. Cuando hablo con la gente, todos me escuchan atentamente porque saben que siempre les dedico el tiempo suficiente para darles una explicación detallada sobre el tema. He hecho varios talleres de formación sobre el trabajo voluntario y sé qué método usar en determinadas circunstancias. Es importante escuchar lo que una persona seropositiva tiene que decir. Me siento bien haciéndolo y también tengo la sensación de ser útil. Con este trabajo, se me respeta y valora socialmente. Cuando voy a algún sitio, hay gente que me llama, me hace preguntas sobre su condición, y es que saben que pueden contar conmigo.
Ya han pasado 12 años desde aquel terrible día en que me enteré de mi enfermedad, y todavía sigo tratando de aceptar la idea de que moriré y abandonaré a mis hijos. Aún así, en todo este tiempo he aprendido que hay que vivir como si cada día fuera el último día. No sé cuanto tiempo de vida me queda aún, llevo tomando antiretrovirales durante varios años, pero creo que Dios salvará a mis hijos, y deseo que ellos continúen bien con sus estudios. Agradezco muchísimo a Aldeas Infantiles SOS, respeto y admiro mucho la labor que realiza en su conjunto y el programa de fortalecimiento de familias en particular".